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lunes, 20 de octubre de 2014

Undecimo

Las profesiones con futuro en el 2020

Biotecnología, ingeniería de sistemas y atención en salud, los campos con más oportunidades.


¿La carrera que elija tendrá oferta de empleo o será bien remunerada en cinco años? Es la pregunta que a muchos estudiantes preocupa antes de elegir su profesión. Aunque, predecir el futuro es difícil, las tendencias económicas mundiales y el comportamiento de las industrias nacionales pueden dar pistas sobre qué profesión elegir.
Según la cadena de rankings de Estados Unidos, U.S. News, campos profesionales como la medicina, la ingeniería de sistemas y el manejo de bases de datos serán los más apetecidos en el mercado laboral en el 2020, gracias a los avances científicos y al crecimiento de las tecnologías de la información y la comunicación.
El estudio tuvo en cuenta los informes de BLS Employment Matrix, una dependencia de la Secretaría de Trabajo de Estados Unidos e informes de consultoras mundiales como IBIS World, que discriminan los diez campos con mayor demanda laboral por año.
El portal de escalafones norteamericano aseguró que la tendencia general es que para la segunda década del siglo XXI, los empleadores continúen buscando preferiblemente a personas con formación universitaria, pero también mirarán con buenos ojos las hojas de vida de personas que continúan educándose y complementando su perfil con habilidades múltiples.
Por ejemplo, serán excelentes perfiles que combinen conocimiento científico con pregrados en ciencias sociales o derecho, o quienes tengan experiencia en análisis y lo relacionen con formación en artes liberales.
El análisis aseguró que en 2018, en sólo 4 años, ya se puede percibir estas tendencias en el mercado laboral internacional.
Diez campos profesionales exitosos en 6 años
1. Manejo de bases de datos. Desde ya, grandes compañías organizan su información a partir de bases de datos sobre sus clientes, consumidores o mercados. El reto en el 2020 será ser uno de los profesionales que puedan manejarlas, administrarlas y darles sentido para encontrar información clave para el negocio. El mercadeo y la investigación de mercados son dos campos donde el uso de datos será importante.
2. Psicoterapia y conciliación. Actualmente se está haciendo más evidente que la salud mental es tan importante como la física, por lo que aprender a ser inteligentes emocionalmente será clave en el futuro. Los profesionales que trabajen terapias de pareja o familiares tendrán mayor demanda.
3. Investigación científica. Biólogos, químicos, matemáticos e ingenieros enfocados en la investigación científica en campos como la biotecnología, la nanotecnología, la robótica, y las impresiones 3D, tendrá especial demanda por industrias de manufactura, transporte y medicina.
4. Ingeniería informática. Aunque los avances en desarrollo de software ya son de elevada relevancia para las industrias actuales, en 2020 se necesitarán expertos de alto nivel en comprender cómo fortalecer y hacer más rápidas las redes informáticas de un mundo interconectado en cada aspecto de la vida.
5. Veterinaria. El cuidado y conservación de los animales, tanto domésticos como salvajes, se convierte en una tendencia internacional por generar más conciencia sobre los ecosistemas que habitamos. Así, la atención especializada y médica que brindan los veterinarios será más requerida.
6. Ciencias del medio ambiente. Hacer un mejor uso de los recursos naturales será esencial para la construcción y renovación de la infraestructura existente. La denominada energía verde, a pesar de sus contradictores, será altamente demandada en 6 años. Arquitectos y diseñadores enfocados en innovaciones sustentables, que reduzcan el cambio climático, tendrán más ofertas laborales.
7. Atención y cuidados de la salud. Terapeutas físicos, enfermeras, optómetras, odontólogos y fonoaudiólogos encontrarán en el próximo lustro más oportunidades laborales y mejor remuneradas, debido a la tendencia de envejecimiento de la población mundial.
8. Administración. En el futuro, una efectiva gestión y administración requerirá el conocimiento básico en negocios más la habilidad de manejar operaciones en diferentes lugares y países, y de desarrollar conocimientos técnicos sobre cómo opera la empresa que se dirige. El análisis también evidenció que especializaciones en recursos humanos y planeación de eventos tendrán mayor demanda.
9. Finanzas. Con los años la gestión de transacciones financieras será más complejo y hará parte de la mayoría de compañías. En la década del 2020, además del tradicional sector bancario, los fondos de inversiones así como las firmas de capital de riesgo tendrán más protagonismo, lo que significa que serán necesarios más expertos en finanzas.
10. Emprendimiento. Aunque ya es bastante común los proyectos para formar emprendedores, en 2020 los empresarios innovadores que manejen sus propios negocios cobrarán más relevancia. Se espera que crezcan tradicionales negocios como salones de belleza, vendedores de carros usados, cuidado de mascotas, pero sólo aquellos que busquen soluciones más económicas de ofrecer estos servicios tendrán éxito.
Además, el impulso a empresas tecnológicas conocidas como ‘stars-up’ seguirá siendo una tendencia en los próximos cinco años. Aunque no se conoce todavía qué invención será el próximo Facebook o Twitter, en 2020 se esperan que otros emprendedores impacten el estilo de vida con su creatividad.

Decimo



Relato de una mujer que denunció la violación de la que fue víctima durante masacre de El Salado.
5:12 p.m. | 18 de febrero de 2015
La niña de Juan*, ebanista aplaudido de El Salado, estaba muda, aturdida por las imágenes de aquella mañana.
La agobiaba la gente, el ruido, la luz. Procuraba no encontrarse con nadie y una y otra vez se bañaba a totumazos, como si el agua limpiara la turbiedad del alma, como si el agua aliviara las penas, como si el agua se llevara las desgracias.
Los primos y tíos de El Carmen de Bolívar, donde se refugiaba con su familia, preguntaban por qué el letargo de la quinceañera, por qué la mirada perdida y el llanto en las noches. Por ella contestaba la madre, nerviosa, con un simple “es que extraña la casa”.
La casa
Todo el pueblo sabía que por el arroyo que baja detrás de la iglesia, estaba la casa de los Velásquez.
Era pequeña, de bareque y con paredes azules. Al frente había un campano gigante en el que Jennifer y sus dos hermanos mayores colgaron un lazo que servía de columpio. Día y noche habría que ver a Eliza*, su madre, pidiéndoles que se bajaran y a ellos obedeciendo a regañadientes.
En ese entonces, a principios de la década de los 90, la familia y El Salado solo eran armonía. A este corregimiento de El Carmen de Bolívar, tres horas al sur de Cartagena, lo llamaban “La tierra bendita”: de sus cerros salían el mejor tabaco, plátano y yuca de la región. Algunos dicen haber visto panteras entre los matorrales, había acueducto, energía y hubo intentos de explorar petróleo y gas.Todavía hoy, debajo del tierrero y la frondosidad, se esconden abundantes pozos de agua, un bien escaso donde la lluvia se recibe con gaitas, tamboras y aguardiente.
Sin embargo, la paz y la bonanza durarían muy poco. Cualquier día llegó la Policía a custodiar las riquezas, y a estos les siguieron miembros de los frentes 35 y 37 de las Farc, quienes atraídos por la prosperidad y la cercanía al mar, hicieron de El Salado un reducto de sus fechorías.
Resultó ser que los segundos estaban mejor armados que los primeros, y en el 95, luego de múltiples victorias de la guerrilla, la organización ya era dueña y señora de este pueblo perdido entre los Montes de María.
Allí ocultaban a sus secuestrados y el ganado que se robaban, preparaban emboscadas contra militares y descansaban míticos jefes, como ‘Martín Caballero’, responsable del asesinato de 218 miembros de la Fuerza Pública, 419 civiles y de planear un atentado contra Álvaro Uribe y otro contra Bill Clinton en una de sus visitas a La Heroica.
Mientras tanto, el grupo se filtraba en las escuelas y empleaba tácticas de seducción para reclutar a ingenuas muchachas en sus filas.
Consciente del peligro, el señor Juan le decía a Jennifer: “A esa gente ni la mires”, pero como a muchas de sus amigas, le gustó un guerrillero: un muchacho apuesto, con ínfulas de macho y fusil al hombro.
Por suerte, a la niña le atraía más la libertad que el amor, pero Lady, su compañera de clase, le creyó el cuento a uno de ellos de que la vida en el monte sería linda a su lado. A ella y a otras tantas jamás las volvieron a ver.
La tranquilidad se perdió del todo en 1997. Jennifer tenía 12 años y, como todos, intuía que algo malo iba a suceder, que vivir en un pueblo guerrillero no sería gratuito.
“Va a venir el Ejército y nos va matar”, pensaba entonces. Pues bien, el 23 de marzo de ese año, un grupo armado, enviado al parecer por ganaderos de la zona, con lista en mano, asesinó en el parque de El Salado a Doris, la maestra de una vereda cercana; a Ender, un agricultor honesto; al padre de Ender, y a otros dos campesinos tachados de guerrilleros.
Jennifer, padre, madre, cinco hermanos y cerca de 7.000 saladeros tomaron lo poco que pudieron y salieron despavoridos.
Los Velásquez llegaron a la casa de una prima en El Carmen. Allí cohabitaban con otras 20 personas que también se habían desplazado, no había agua y nadie tenía trabajo. Las condiciones eran extremas para la familia, acostumbrada al bienestar que les daba su pueblo, pese a la zozobra de los grupos armados.
A los tres meses, en junio, la Armada Nacional envió a algunos hombres a El Salado. Se decía que había garantías para retornar. Con el anuncio, a Juan le volvió el aliento y regresó con Jennifer y otras cuatro familias, los únicos a quienes no los venció el miedo.
El pueblo estaba intacto. La casa de siempre, patas arriba, como la habían dejado. Por las calles no se oía ni el aullido de un perro.
La niña y su padre se acomodaron en una vivienda abandonada cerca del parque. Ella cocinaba y lavaba; él recuperaba un pueblo fantasma y buscaba qué comer. Así fue el día a día durante un año, hasta que medio Salado regresó y había maestros en las escuelas.
En el 98, la guerrilla irrumpió la calma aparente. Esta vez llegaron con fuerza, con el ego herido, con violencia, dispuestos a ser los reyes de El Salado, y así sería por otros dos años. Así sería hasta febrero de 2000.
Febrero de 2000
I
Era 13 de febrero de 2000. La mañana estaba soleada y la carretera fangosa. El señor Juan y Jennifer, con 15 años recién cumplidos, salían de El Salado en un Jeep Willys de los años 50, camino a una cita médica a El Carmen de Bolívar. Con ellos iban unas 10 o 12 personas, que al vaivén de las piedras y el pantano divisaban el verdor de las montañas, mientras un galponcito de gallinas y algunos racimos de plátano y bultos de ñame luchaban contra las curvas en la capota.
A eso de las 9 a. m., cinco hombres vestidos de militar se atravesaron y le hicieron señas al conductor de que parara. Los tripulantes se bajaron del vehículo y a petición de los uniformados, identificados como miembros del Ejército, entregaron sus documentos de identidad.
Jennifer, la única menor de edad, se excusó por no llevar papeles. Mientras tanto, uno de los hombres tomaba nota en un cuaderno escolar de los nombres, apellidos y números de cédula de los demás. El padre miró a su niña y le susurró: “Mami, esto no está bien”.
Aun nerviosa y bajo el sol inclemente, la jovencita no podía dejar de mirar a esos hombres grandes, fornidos y silenciosos que los custodiaron hasta las 6 de la tarde, hora en que pudieron regresar a El Salado, donde su madre y el pueblo ya habían recibido la noticia del retén y estaban en un mar de nervios.
Esta sería la antesala de un cuadro del horror que apenas comenzaba.
II
El 16 de febrero, el rumor de que los paramilitares estaban llegando a El Salado cargados de cilindros para cobrar la vida de quienes tenían relación con la guerrilla se hizo más certero.
En el camino, el mismo que tres días antes transitaba Jennifer, asesinaron a la señora Edith Cárdenas Ponce. El Jeep en el que iba para El Carmen fue retenido en un sector conocido como la Loma de las Vacas, donde hombres armados la acusaron de ser guerrillera por llevar marcas de sol en sus hombros, como si hubiera cargado equipos de campaña o utilizado armas. A esta ama de casa, que del miedo no supo qué responder, la apartaron al borde de la vía y la apuñalaron.
Los hechos espantaron a saladeros como Jennifer y su madre, quienes corrieron a esconderse a una finca de una vereda cercana. Con ellas se ocultaban otras 40 personas, entre las que estaban un comandante de la guerrilla y su familia.
III
Finalizaba la tarde del 17 de febrero y el comandante confirmó que se acercaban los paramilitares, así que tomó sus trastes, hijos, esposa y huyó. Las familias se quedaron inquietas, haciendo conjeturas, a la espera del primer bang bang, pero como la noche transcurrió serena, el temor cesó y en la mañana del 18 de febrero volvieron al pueblo.
IV
A las 8 a. m, en El Salado sólo cantaban las cigarras. No había un alma en las calles. En casa de los Velásquez, el señor Juan y su hijo mayor preparaban el desayuno. Yamile*, la hermana de Jennifer, lavaba un cerro de ropa sucia, mientras Jennifer y su madre se reponían del susto.
De pronto se escucharon unos 5 o 6 disparos. “Dios mío, ahora sí”, exclamó la señora Eliza, y salió corriendo con sus dos hijas hacia Barrio Arriba, sin tiempo para ver qué camino tomó su esposo.
Las mujeres de la familia Velásquez se metieron a la casa de una prima, donde ya había dos hombres y 20 mujeres, una de ellas con un par de mellizas recién nacidas. Afuera se escuchaban los gritos de los vecinos, más disparos y un helicóptero volando bajito.
A las dos horas parecía que volvía la calma. Entonces Ginna*, prima de Jennifer, le dijo que en un santiamén fueran a las casas por un par de zapatos y los documentos de identidad. La señora Eliza les imploró que se quedaran, pero si algo tienen claro los saladeros, dice Jennifer, es que la muerte no los puede sorprender descalzos y sin nombre.
A las jóvenes les alcanzó la osadía para ir a sus casas, sacar lo que necesitaban y volver. Sin embargo, cuando iban en el parque vieron que un helicóptero con insignias azules se acercaba, se acercaba demasiado. Todavía hoy Jennifer recuerda que le decía a su prima:“Ahí viene el Ejército, ahí viene a salvarnos Ginna”, e instantes después comenzaron a recibir disparos desde el aire.
Ambas corrieron tan rápido como fue posible, y justo en el billar de la esquina del parque, por donde se sale a El Carmen de Bolívar, se separaron. “Corre flaca, corre que nos van a matar”, le gritaba Ginna.
Jennifer esquivó el ataque y volvió sola a donde su madre. El helicóptero seguía disparando y afuera unos hombres decían:“Salgan guerrilleros que somos los paramilitares. Salgan que los vamos a matar”. La joven miró por la puerta y vio a un séquito de uniformados que aparecieron de la nada, o que con los nervios había ignorado mientras regresaba.
Nadie se atrevió a abrir. Fue el llanto de las mellizas el que delató que ahí estaban. Entonces otra voz dijo: “Tírenle una bomba a esta casa que ahí es donde está la guerrilla”, y enseguida otro hombre le lanzó una patada a la puerta hasta derribarla.
Jennifer salió despavorida y uno de los paramilitares le gritó: “No corras, porque si corres, te mato”. A ella no le importó, pero la madre la miraba con ojos de quédate quieta y decidió ocultarse donde estaba la mamá de Ginna, su hermana y otra tía.
De inmediato, un miembro del grupo de unos 18 años la vio. Llevaba puestas unas gafas sin lentes, solo con montura, que según se supo después, pertenecían a alguien que había torturado y esa era su forma de burlarse.
El joven la tomó por el pelo y le dijo “sales o te mato”. Ella respondió, a secas, no. “Sales o mato a tu mamá”, añadió. Entonces hizo caso yse unió a una fila de mujeres que caminaban hacia el parque con la mirada gacha, las manos en la cabeza y un fusil en el cuello.
V
Jennifer recuerda que en cuestión de minutos las calles de El Salado estaban llenas de camas, sillas, colchones, un reguero de agua por todas partes y un paramilitar en cada casa -450 en total, según reveló más adelante la Fiscalía-.
Sobre las 11 de la mañana, a las mujeres las enfilaron en la iglesia y les pidieron que se sentaran en los siete escalones del atrio. Los hombres, entre los que estaban su papá y sus dos hermanos, se quedaron en la cancha de microfútbol.
El hijo de un vecino de los Velásquez, que antes pertenecía a la guerrilla, llevaba puestos unos tenis color amarillo fluorescente que resaltaban entre un mar de botas negras. Como conocía a Jennifer, la saludó y le dijo: “tranquila, a usted no le va a pasar nada”, a lo que ella respondió: “o me pasa más, me matan más rápido”.
VI
Transcurrió un buen tiempo y llegó un paramilitar vestido de civil, posiblemente un jefe, porque era el único que se comunicaba con radioteléfono, y le preguntó a Jennifer: “¿Tú eres Neivis Arrieta?”.
A Jennifer siempre la habían confundido con Neivis Judith Arrieta. Tenían la misma edad, el pelo negro hasta la cintura y rasgos similares. Las diferenciaba que, al parecer, la otra andaba de amores con un guerrillero y, se decía, tenía dos meses de embarazo.
“Yo no soy, usted está confundido”, le respondió ella, y prefirió no delatar a la verdadera Neivis, que estaba sentada a su lado. “Pues si eres, hoy te vas a morir, hoy vas a conocer qué es ser mujer de un guerrillero”, le advirtió el jefe.
Minutos después, el mismo paramilitar llegó empujando a un guerrillero y le ordenó que dijera cuáles de las mujeres tenían romances con compañeros suyos. El joven, con lágrimas en los ojos, ni siquiera levantó la cabeza, ni siquiera miró a las mujeres, sino que con el dedo pulgar señaló al azar, justo en el sitio donde estaba sentada Rosmira Torres, de 46 años, madre comunitaria y mamá de Luis Pablo Redondo, un joven maestro a quien acababan de arrancarle las orejas en la cancha, frente a decenas de saladeros cuyo castigo era presenciar el macabro espectáculo.
A Rosmira la tomaron del pelo, la pasaron por encima de Jennifer, la arrastraron por el piso, hasta la calle que separa a la iglesia de la cancha, y allí la amarraron por el cuello con una cuerda que usualmente se usa para colgar hojas de tabaco. Uno a uno, un corrillo de paramilitares se iban pasando la cuerda, jalaban y jalaban para estrangularla, y cuando estaba sin aire, la soltaron, le infligieron dos puñaladas y con un tiro de gracia apagaron el soplo de vida que le quedaba.
Los paramilitares regresaron de la carnicería humana y el guerrillero señaló a la auténtica Neivis. Los uniformados decían que era la mujer de “Camacho”, un jefe guerrillero, aunque según las investigaciones posteriores, no era así.
A la joven, de tan solo 15 años, la llevaron a un árbol contiguo a la cancha de microfútbol, la acostaron boca abajo y la desnucaron frente a la multitud de campesinos. Así la vio por última vez Jennifer, su compañera de clase, aunque después de muerta no cesaría la barbarie.
Con la bestialidad de un sicópata, un paramilitar le quitó la falda a Neivis, le atravesó un palo por el cuerpo, desde los genitales hasta la cabeza, y con frialdad volvió al ruedo, a la cancha, en busca de otra víctima.
Mientras tanto, el hombre vestido de civil regresó a donde estaban las mujeres al borde del pánico, y le ordenó a Jennifer que se fuera con él, que tenía que preparar la comida de sus compañeros. La señora Eliza le imploró que se la llevara a ella, que la niña no sabía cocinar, pero el jefe tomó a la joven por el brazo y la condujo a una casa al lado de la iglesia, profanada por tanta sangre que corría a sus pies.
VII
Al llegar, Jennifer vio a uno de los paramilitares desangrándose en un colchón. En un susto, un campesino le había cortado la mano. “Mira lo que los tuyos hicieron con uno de los míos, pero a ustedes les va a ir peor”, le advirtió el jefe, y luego la tomó de la cabeza y la hizo acercarse a la herida del hombre.
En la casa había cerca de 20 paramilitares, algunos encapuchados. No había comida, por lo que la muchacha sospechó que no iba precisamente a cocinar. La duda la confirmó cuando por el radioteléfono un hombre le dijo al jefe: “suéltela que ya la comida está hecha”. Entonces, en un tono burlón, le dijo a Jennifer: "¿Tú sabes lo que te va a pasar muchacha?”, y ella, que con los nervios le da por hablar más de la cuenta, le respondió que ya se imaginaba, pero que por favor no la torturaran, que la mataran y listo.
Acto seguido, el hombre seleccionó a dedo a tres paramilitares y dio la orden a los demás de que salieran. Entre los que se quedaron estaba su vecino, el de los tenis amarillo fluorescente, que ahora se cubría la cara con una capucha.
El jefe le ordenó reiteradamente a Jennifer que se sentara, y ella se negaba. Le preguntó si El Salado era territorio de la guerrilla, y a secas ella respondió que sí, que por ahí pasaban las Farc. Indignado, le incriminó que ni siquiera era capaz de negarlo, y ella, en una actitud retadora, de dolor e indignación, que todavía no se explica, le respondió que para qué hacerlo si de todas formas la iban a matar.
La actitud de Jennifer enfureció al paramilitar, quien ahora subía el tono de voz y le pedía que se arrodillara, que pidiera perdón. De nuevo, con la mirada al frente, la joven dijo no. “¡Que te arrodilles, perra, malparida, guerrillera!”, le exigió iracundo. “Pues no me arrodillo, al menos me llevo ese honor”, respondió ella, misteriosamente serena. Entonces, el hombre la golpeó en las rodillas con su fusil y su paciencia se rebosó al ver que la víctima quedó de pie, sin flaquear ante el dolor y la violencia.
Lo que ocurrió después no tiene nombre.
Jennifer Velásquez, una virgen de 15 años, a quien el amor todavía no le había erizado la piel, ni revuelto el estómago, tomó a la fuerza un trago de la más monstruosa perversión, de una guerra entre esquizofrénicos en la que la victoria es del más cruel.
El jefe paramilitar arrastró a la muchacha hasta una habitación. Se bajó los pantalones y fue el primero en abusar de ella. Después de golpearla, le dijo a los demás que hicieran con ella lo que quisieran. El segundo en la fila fue el de los tenis color encendido. La joven procuró a tientas quitarle la capucha, pero la bestialidad de cuatro era más. Entre todos le cortaron el pelo, le pintaron el rostro como a un payaso, le tatuaron una cruz en su pierna derecha y le lanzaron insultos y burlas que ya no recuerda. Luego de ser violada por segunda vez sintió que se estaba desangrando y quedó inconsciente, aferrada a la imagen de su madre y al sueño de una familia y de una carrera para no morirse.
VIII
Caía la tarde de aquel viernes negro y afuera de la casa en la que yacía Jennifer las familias apenas podían llorar a sus muertos, a 65 muertos. La faena de sangre en la cancha se dio por terminada y los paramilitares dieron la orden de que todos se encerraran y no salieran hasta nueva orden.
A la joven, que la creían muerta, alguien le tomó el pulso y la despertó de la pesadilla. Era la señora Eliza y un primo, a quien le tocó saltar por encima de los cuerpos para llevar a Jennifer a una casa cerca al bachillerato.
Allí estaba don Juan, el único, aparte de la madre y el primo, que la vio en ese estado. Después, no había luz y los ánimos se concentraron en encontrar a Yamile, quien finalmente llegó a la media noche, deshidratada, porque se había escondido todo el día en un baño sin techo.
A los once días huyeron de El Salado. Atrás quedaba un pueblo sin alma. La casa de paredes azules la habían quemado y con ella se habían consumido los buenos recuerdos. En adelante comenzaría el éxodo.
Éxodo
La punzada del desplazamiento es casi tan amarga como la de la violencia. Por eso, los días en El Carmen de Bolívar, a donde llegaron cientos de saladeros sin casa ni oficio y con el lastre de una masacre a cuestas, aún son como trazos de un mal sueño para Jennifer.
De esa época recuerda que se bañaba hasta diez veces al día, que con su madre hacían cuanta peripecia fuese posible para que nadie se enterara de su violación, que extrañaba el monte y que el Estado solo apareció una vez con una docena de fotos para que identificara a sus agresores. Para ella, que todavía le dolían el cuerpo y el alma, contar su historia a cambio de una nimia esperanza de justicia, era como volver a vivirla.
Así las cosas, Jennifer prefirió tragarse el 18 de febrero del 2000, ante la ley, ante su familia y ante sí misma. Sin embargo, eludir la deshonra que le producía esa fecha y sus infamias sería difícil en una patria donde las mujeres son culpables de sus violaciones, la justicia pocas veces resuelve estos delitos y las “hembras” que lloran son frágiles.
Un mes después de la tragedia se bebió 30 pastillas de Complejo B. “Dios no quería que me fuera todavía”, dice, y por fortuna las vomitó intactas, pero el médico que la atendió le completó la dosis diciéndole que seguramente había intentado suicidarse porque la dejó el novio, sin siquiera elaborar un informe del caso.
A lo anterior se sumaba que en El Carmen de Bolívar, hasta su profesora de escuela se burlaba de los jóvenes saladeros: “Ahí vienen los desplazados”, decía. La situación la irritó y terminó por dejar de estudiar.
Luego, trabajando en Cartagena, un hombre la cautivó con sus cuentos. Para ella había llegado la oportunidad de ver cómo había quedado, de ver si después de tres años iba a ser capaz de amar. Resultó que no, que lo sucedido en la casa del lado de la Iglesia de El Salado aún la atormentaba. Entonces, con su verdad asfixiándola, decidió romper el silencio y contarle a ese hombre dulce y comprensivo que decía quererla. La respuesta, predecible. El cartagenero se fue argumentando que no quería estar con una mujer que fue violada por cuatro hombres. De la experiencia quedó el sinsabor y Viviana*, una niña con 12 años recién cumplidos y una madre que también hace de padre.
La historia, que a veces es irremediablemente cíclica, se repitió. Otro hombre, esta vez un maestro, la dejó embarazada de su segundo hijo, y luego partió, porque resultó ser casado.
La vida fuera de su pueblo se llenaba cada vez más de obstáculos. Por eso, y porque nunca ha podido sacarse a El Salado de las entrañas, regresó con un grupo de 186 personas que nunca dejaron de soñar con el retorno.
Retorno
Corría la mañana del 2 de noviembre de 2002. Lucho Torres, agricultor nacido y criado en la Tierra Bendita, se paró en la Plaza del Caucho, en El Carmen de Bolívar, y le dijo a los dueños de Jeeps y escaleras (también conocidas como chivas): “¡Queremos recuperar nuestro pueblo, necesitamos su ayuda!”. A las nueve cedieron los conductores y arrancaron atiborrados de gente, picos y palas.
En la vereda San Pedrito tardaron tres horas abriendo la vía y fue solo hasta las cinco de la tarde que vieron, a la distancia, el rostro desfigurado de El Salado: Barrio Arriba, Barrio Abajo, Centro y La Loma, invadidos por la maleza; las paredes caídas; los aljibes rebosados de agua contaminada, y en algunas casas, bajo la loza, crecían árboles y matorrales.
En su pueblo, Jennifer levantó a sus dos hijos y poco a poco fue cicatrizando las heridas del 18 de febrero. Sin embargo, siempre supo que una pieza no encajaba, que su tragedia no podía quedar flotando en la mente, arrebatándole más vida.
Entonces, por recomendación de su prima Ginna, que cuando se separó por la persecución del helicóptero también fue víctima de violencia sexual, Jennifer conoció a una organización llamada Sisma Mujer, la cual le mostró que con justicia y ayuda de profesionales ella iba a volver a respirar.
Y así fue. Hace cinco años, el día en que Jennifer contó por primera vez su historia ante un grupo de mujeres víctimas de la misma infamia, sintió que algo turbio salía de ella. Entendió que no era culpable por lo que le había pasado, que la vida se llenaba de motivos para salir adelante y que si cuatro hombres se propusieron acabar con su integridad, con su ser de mujer, ella tenía el valor para sobreponerse.
Desde entonces ha dado grandes pasos: Habló del pasado con su hija y con su familia, acompaña a otras cinco mujeres de su pueblo que decidieron romper el silencio, e incluso, al darse cuenta de que su vecino, el de los tenis amarillo fluorescente, había regresado a El Salado, le ha ayudado con víveres a la esposa y a los hijos, quienes pasan hambre por culpa de un padre vagabundo y borracho.
Su gran avance ocurrió el 25 de noviembre de 2010, hace exactamente cuatro años. Ese día, el Día de la No Violencia contra la Mujer, denunció la agresión de la que fue víctima ante una fiscal, quien curiosamente, y distinto al trato que suelen darle a estas valientes, la recibió con una rosa y lloró con su relato; porque cuando Jennifer cuenta su historia, con una fortaleza pasmosa, deja una mezcla de impotencia, esperanza y lágrimas en quien la escucha.

Noveno






ORIGEN DE LOS SERES 

En el mundo de los Achaguas hubo una serpiente que no solo mataba a ellos si no a los habitantes del Orinoco y como estaba acabando con todos, imploraron a purú su dios creador para que los socorriera y como hasta Él llegaron y fueron escuchadas las plegarias, un día les envió a su hija, la cual mato a la culebra y lo arrojo lejos. Los indios, felices por el acontecimiento realizaron grandes festividades en honor de purú y de su hija y mientras bailaban y bebían, la culebra se podría y de su cuerpo en descomposición brotaban por doquier gusanos que una vez tocaban con su cuerpo en tierra se convertían en indios caribes, sus posteriores inmortales enemigos.

MITO GUÁMBIANOS
 Primero estaba la tierra y eran las lagunas grandes, la mayor parte de todas las lagunas se llamaba Nupisu, Piendamo, y se encontraba en el centro de la sabana del páramo, como una Matriz, como un corazón; era Napirripu, que es un hueco muy profundo, el agua es vida, primero era el agua y la tierra, el agua no es buena ni es mala, de ella resultan cosas buenas y cosas malas, allá en las alturas era el agua, lluvia intensamente, con aguaceros y tempestades, los ríos venían grandes, con inmensos derrumbes que arrastraban las montañas y traían piedras como casas. Venían grandes creciente e inundaciones, esta era el agua mala En este tiempo, estas profundas quaicadas (abertura entre dos montañas) y estas peñas no eran así; todo era pura montaña, pero esos ríos a hicieron cuando corrieron hasta formar el mar, el agua es vida nacen en las cabeceras y baja en los ríos hasta el mar y se devuelve, pero no por los mismos ríos si no por el aire, por las nubes, sube por las guaicadas y, por los filos de las montañas, alcanza hasta el páramo, hasta la sabanas y cae otra vez como la lluvia, cae el agua que es buena y es mala. Allá arriba, como la tierra y el agua, estaba él – allá, el pishimisak y el kallim. El mismo pishimisak, a la vez masculino y femenino que también ha existido desde siempre, todo blanco, todo bueno, todo fresco, del agua nació el kosrompoto, el arcoíris que iluminaba todo con su luz; allí brillaba y el pishimisak lo veía alumbrar. Dieron muchos frutos, dieron mucha vida, el agua estaba arriba en el páramo y abajo. Donde no había el agua se secaban las plantas, se caían las flores, morían loa animales. Cuando bajo el agua todo creció y floreció, retoño toda la hierba y hubo alimento aquí abajo. Era el agua buena. Antes en las sabanas del páramo, el pishimisak tenía todas las comida, todos los alimentos, el – ella era el dueño de todo, ya estaba allí cuando se produjeron los derrumbes que arrastraron las gigantescas piedras y formaron las guaicadas, pero hubo otros derrumbes. A veces el agua no nacía en las lagunas para correr hacía el mar, si no que se filtraba en la tierra, la removía, la aflojaba y entonces caían los derrumbes, esto se desprendieron desde mucho siglo delante, dejando grandes heridas en las montañas. De ello salieron los humanos que eran la raíz de los nativo, al derrumbe le decían pirran uno, es decir, parir el agua. A los humanos que allí nacieron los nombraron los Pishua. Los pishua vinieron en los derrumbes, llegaron en las crecientes de los ríos. Venían arrastrándose y golpeando las grandes piedras por debajo del agua, y encima de ella venia el barro, la tierra. Luego el agua sucia; en la superficie venia la palizada, las ramas, las hojas, los árboles arrancados y, encima de todo venían los niños chumbados. Los primeros humanos nacieron del agua, venidos en los shua, en los restos de vegetación que arrastra la creciente, son nativos de aquí de siglos y siglos. En donde salía el derrumbe en la gran herida de la tierra, quedaba olor a sangre, es la sangre regad por la naturaleza, así como una mujer riega la sangre al dar a luz a un niño. Los pishua no eran otra gentes, eran los mismos guámbianos, gigantes muy sabios que comían salde aquí de nuestro propio salado, y no eran bautizados. Ellos ocuparon todo nuestro territorio, ellos construyeron todo nuestro Napirau, antes de llegar los españoles. Era grande nuestra tierra y muy rica. En ella teníamos mina de minerales muy valiosas como el oro que se encontraba en Chisquio, en San José y en corrales, también recursos que sabíamos utilizar con nuestro trabajo para vivir bien.


 MITO TIKUNAS EL DIOS YUCHU

 vivía desde la eternidad en el mundo en compañía de las perdices, los paujiles, los monos y los grillos; había visto como envejecía la tierra, a través de ello se daba cuenta que el mundo vivía y que la vida era tiempo y que el tiempo también era muerte. En la tierra no existía un lugar más bello que allí donde vivía el dios Yuche: una choza en un claro de la selva, muy cerca de un río rodeado de playas de arena fina. En este lugar todo era tibio; ni el calor ni la lluvia entorpecían la belleza de aquel lugar. Se dice que ningún hombre ha visto este lugar, pero los tikunas esperan ir allí algún día. Un día Yuche fue a bañarse al río, como de costumbre. Llego a la orilla y se metió en el agua hasta quedarse completamente sumergido. Al levantar la cara, se inclinó hacia adelante y se observó en el espejo del agua. Descubrió por primera vez que había envejecido. Al ver que había envejecido se sintió profundamente triste “¡y estoy muy viejo y solo! Ay, si me muero la tierra quedara todavía más sola” dijo: Apesadumbrado, emprendió lentamente el camino de regreso a su casa el susurro de la selva y el canto de los pájaros lo llenaron de una inmensa melancolía. Mientras caminaba por el camino sintió de pronto un dolor en la rodilla, como si le hubiera picado un animal sin darse cuenta. Entonces pensó que pudo haber sido una avispa. Poco a poco empezó a sentir que lo invadía un pesado sopor “es raro como me siento”, dijo: “me acostare cuando llegue” siguió caminando con dificultad y cuando dentro a la choza se acostó y quedo dormido. Tuvo un sueño. Soñó que entre más sonaba más envejecía y más débil se ponía y que de su cuerpo moribundo se engendraban nuevos seres. Despertó muy tarde al día siguiente, intento levantarse pero el dolor no lo dejaba moverse. Entonces se miró la rodilla y descubrió que la tenía hinchada y transparente, le pareció ver que algo se movía en el interior de su rodilla acerco más los ojos y vio con sorpresa que en el fondo había dos seresdisminuto que trabajaban y se puso a observarlos, las criaturas eran un hombre y una mujer, el hombre templaba el arco y la mujer tenía un chinchorro. Entonces el dios Yuche le pregunto; “¿quiénes son ustedes? ¿Cómo llegaron aquí?” El hombre y la mujer levantaron la cabeza; miraron a Yuche, pero no dijeron nada y siguieron con sus labores, el dios Yuche al ver que no le contestaban, hizo todo el esfuerzo por levantarse, pero cuando intento ponerse de pie, cayó en la tierra. En el instante que se golpeó la rodilla contra el suelo, salieron de adentro los dos pequeños seres, que enseguida empezaron a crecer el tiempo que empezaba a morir el dios Yuche. Cuando el hombre y la mujer se convirtieron en adultos, Yuche murió. Los primeros tikunas se quedaron un tiempo en aquel lugar y tuvieron muchos hijos. Más tarde se fueron porque querían conocer más tierras y desaparecieron.

MITO NUKAK MAKU
 IDN KAMNI  creo el mundo con saliva y tierra. Hizo el mundo antes de que fuera quemado por las llamas que vinieron de abajo del Río Venado, la primera gente vino al mundo en una canoa culebra que dejo sus huevos en los rápidos del Río de la Leche. Viniendo por el Río Venado, donde fluyen todos los ríos de todo el mundo. IDN KAMNI obtuvo la noche, el sol estaba detenido y al tumbar el árbol de Ye se formó el río. Los jaguares devoraron al pueblo de IDN KAMNI y este los vengo dándoles muertes con el rayo. Luego IDN KAMNI formo goma de árbol balata y soplando con humo, hizo una mujer culebra que quería como esposa y con ella tuvo un hijo; de su vientre de diente de piraña se crearon todas las alimañas de este mundo. IDN KAMNI busco otra mujer, pero esta otra mujer aguati se fue a la casa de los buitres quienes IDN KANMNI; tuvo que ahogar; después de la búsqueda de miel tuvo que matar a la mujer. Entonces IDN KAMNI hizo un baile y se fue al cielo.

Cine mudo


CINE MUDO.

El cine mudo es aquel cine en el que no hay sonido sincronizado (especialmente diálogos) y consiste únicamente en imágenes.

Esta es la representacion artistica de nuestra instutucion en el cine mudo.